Después de la Guerra Civil y durante las décadas posteriores, España experimentó lo que algunos llaman el "milagro económico". Las infraestructuras empezaron a multiplicarse a un ritmo frenético, y como el coche se había convertido en el símbolo del éxito personal, se decidió que había que construir autopistas. Muchas autopistas. ¿Que había un pueblo en la montaña donde solo vivían diez personas? ¡Pues hagamos una autopista de cuatro carriles hasta allí!
Las décadas de los 60 y 70 fueron un boom de la construcción de carreteras. Cualquier político que se preciara inauguraba una carretera o un puente con una cinta de colores y una gran sonrisa, aunque a veces no hubiera mucho tráfico por la zona. El asfalto se convirtió en la nueva religión del progreso, y España fue asfaltada de norte a sur, con más carreteras que en casa de un fontanero.
Lo curioso es que, a pesar de tanto esfuerzo, algunas de estas autopistas fueron diseñadas con la típica improvisación española. Rutas que zigzagueaban sin mucho sentido, peajes que aparecían en los lugares menos oportunos, y conexiones que, bueno, más que conectar, desconectaban. Pero, al menos, teníamos la ilusión de que el progreso avanzaba, aunque no supiéramos exactamente hacia dónde.
