Hubo un tiempo en el que España era un auténtico paraíso natural. Si nos remontamos unos siglos atrás, antes de que nos diera por construir urbanizaciones en cada rincón costero, este país estaba cubierto de frondosos bosques, fértiles campos y ríos cristalinos. En la Edad Media, por ejemplo, los paisajes de la Península Ibérica eran la envidia de Europa. Teníamos de todo: montañas imponentes, costas vírgenes y extensos valles donde los animales campaban a sus anchas.
Pero, como buenos españoles, no tardamos mucho en darnos cuenta de que la naturaleza es bonita… siempre y cuando no estorbe. Con la llegada de la industrialización, empezamos a entender que lo de convivir con la naturaleza no iba con nosotros. Fue entonces cuando comenzamos a talar bosques a diestro y siniestro, a construir presas y, por supuesto, a pavimentar todo lo que podíamos. El asfalto, por algún motivo, parecía más útil que cualquier tipo de biodiversidad.
Por supuesto, también tuvimos nuestra buena dosis de contaminación, cortesía de las fábricas y de la falta de regulación ambiental. Pero, a ver, en aquellos tiempos, ¿quién pensaba en el medio ambiente? Lo importante era hacer funcionar la economía, y el aire limpio y los ríos sin tóxicos eran un lujo innecesario. Seamos realistas: para nosotros, lo de salvar el planeta era una idea demasiado avanzada. Mejor dejábamos eso para las futuras generaciones, que seguro lo harían mejor que nosotros. Spoiler: tampoco lo han hecho muy bien.
