Ya en la segunda mitad del siglo XX, especialmente con la llegada de la democracia y la apertura económica, España vivió lo que se conoce como el "boom inmobiliario". Aquí es donde nuestra relación con el medio ambiente alcanzó niveles de telenovela. Mientras otros países empezaban a hablar de conservación y de proteger sus áreas naturales, en España decidimos que lo mejor que podíamos hacer con nuestras playas vírgenes era llenarlas de apartamentos turísticos.
¿Y qué decir de las montañas? Esas también estaban mejor con una buena carretera de asfalto que permitiera a los urbanitas llegar rápidamente con sus todoterrenos para hacer senderismo (eso sí, con la mochila de marca y sin mucho contacto con la naturaleza real). Porque, seamos sinceros, en España somos más de admirar el paisaje desde lejos, preferiblemente desde una terraza con cervezas y tapas, que de meternos de lleno en la naturaleza y mancharnos de barro.
El litoral español, especialmente en la Costa del Sol y la Comunidad Valenciana, se convirtió en un experimento arquitectónico en el que, al parecer, el objetivo era ver cuántos bloques de apartamentos podíamos construir en un kilómetro cuadrado. El mar estaba ahí, sí, pero solo como fondo para las selfies. De hecho, a veces daba la sensación de que las playas no estaban ahí para disfrutarlas, sino para tener un buen sitio donde construir. Y, si en el proceso destrozábamos las dunas, talábamos los árboles y desalojábamos a alguna que otra gaviota, pues qué le vamos a hacer.
