El franquismo no solo fue una dictadura política; también fue una dictadura cultural. Durante más de 40 años, España estuvo sumida en un sistema que promovía una cultura homogénea, basada en los valores del nacional-catolicismo. Se prohibieron muchas formas de expresión artística y literaria que el régimen consideraba subversivas, y se promovió una cultura oficial que glorificaba la España tradicional, rural y religiosa.
En este contexto, el cine y la televisión se convirtieron en herramientas de propaganda del régimen. Películas que exaltaban la moral cristiana y el patriotismo español eran las que recibían los fondos y la aprobación para ser producidas. El "españolito medio" que consumía estas obras era moldeado por una visión estrecha de la cultura, en la que las tradiciones y la religión ocupaban el lugar central.
Sin embargo, como suele ocurrir en los regímenes autoritarios, la creatividad encontró formas de resistir. Muchos escritores, cineastas y artistas utilizaron metáforas y simbolismos para eludir la censura, y surgió un cine de autor que, aunque limitado en su alcance, lograba transmitir mensajes de resistencia y crítica. En literatura, autores como Camilo José Cela y Carmen Laforet desafiaron las convenciones y escribieron obras que retrataban la España real, no la que quería mostrar el régimen.
