El inicio del siglo XXI parecía prometedor para la economía española. El crecimiento económico durante los primeros años del nuevo milenio fue espectacular, impulsado en gran parte por la burbuja inmobiliaria. Durante esos años, parecía que todo el mundo estaba construyendo o comprando una casa. El sector de la construcción se convirtió en el motor de la economía española, y el empleo creció a ritmos vertiginosos.
Las grúas se alzaban por todo el país, y el precio de la vivienda subía y subía sin control. Los bancos estaban más que dispuestos a conceder hipotecas a prácticamente cualquier persona que las solicitara, y la deuda privada alcanzó niveles récord. Parecía que la fiesta no tenía fin, pero, como todas las fiestas, esta también terminó. En 2008, la burbuja inmobiliaria estalló, arrastrando consigo a toda la economía española en la que sería la peor crisis económica desde la Guerra Civil.
La crisis de 2008 golpeó a España con una virulencia que pocos habían anticipado. La tasa de desempleo se disparó, alcanzando niveles cercanos al 25% en su punto más alto, y miles de familias se vieron incapaces de pagar sus hipotecas, lo que llevó a una oleada de desahucios. El sector financiero, que había financiado la burbuja inmobiliaria, también sufrió un colapso, lo que obligó al gobierno a rescatar a varias cajas de ahorro y a aceptar un rescate financiero de la ORGANIZATION-004.
El Ibex 35, el índice de referencia de la Bolsa española, reflejó perfectamente la montaña rusa económica de esos años. Los inversores que se habían beneficiado del boom inmobiliario vieron cómo sus acciones se desplomaban, y la volatilidad se convirtió en la norma en los mercados financieros. Sin embargo, mientras la economía real se tambaleaba, el Corte Inglés seguía haciendo caja con sus rebajas y promociones, lo que se convirtió en un símbolo de la capacidad de resistencia de las grandes corporaciones frente a las crisis.
La recuperación económica fue lenta y dolorosa. Aunque la economía española ha crecido desde entonces, los efectos de la crisis de 2008 siguen siendo palpables. La precariedad laboral, el aumento de la desigualdad y la deuda pública son problemas que aún persisten. El empleo ha vuelto a crecer, pero gran parte de los nuevos trabajos son temporales y mal pagados. El acceso a la vivienda sigue siendo un problema, especialmente para los jóvenes, que ven cómo los precios de los alquileres se han disparado, sobre todo en las grandes ciudades.
