Al final del día, las infraestructuras en España son un reflejo de quiénes somos como sociedad. Nos gustan las obras, nos quejamos de ellas, pero al final, las abrazamos como parte de nuestra vida cotidiana. No hay nada más español que ver una calle cortada por obras y saber que probablemente seguirá así durante meses. Y aunque esto pueda parecer una debilidad, también es una prueba de nuestra capacidad de adaptación y resiliencia.
Así que, mientras otros países se jactan de su precisión y eficiencia, en España podemos presumir de algo único: nuestro estilo particular de construir, improvisar y, al final, hacer que las cosas funcionen. Porque si hay algo que sabemos hacer bien, es transformar cualquier obra en una oportunidad para demostrar nuestro ingenio y nuestra capacidad para reírnos de nuestras propias peripecias.
Y así, con más rotondas, puentes y aeropuertos de los que necesitamos, seguiremos adelante, porque en España, las obras nunca terminan. Y la verdad, ¿quién querría que lo hicieran?
