Durante la Edad Media, España se llenó de castillos y catedrales. Si alguna vez has paseado por el norte del país, habrás notado la cantidad de fortalezas que adornan el paisaje. Cada reino construía su castillo, no tanto por razones estratégicas (aunque eso también), sino porque parecía que había una especie de competición no oficial de "a ver quién tiene el castillo más grande". Los nobles de la época no se quedaban atrás, y cada cual quería una fortaleza que pudiera presumir en las reuniones medievales.
Uno de los mayores logros de la época fue la construcción de catedrales. La Catedral de Burgos, por ejemplo, tardó más de dos siglos en completarse. Imagínate ser el obrero que empezó a poner los primeros ladrillos y darte cuenta de que no verías el proyecto terminado ni tú, ni tus hijos, ni probablemente tus nietos. Claro, los cronogramas en la Edad Media eran un poco más relajados, y el concepto de "deadline" aún no había sido inventado.
Sin embargo, hay que reconocerles una cosa: aunque las obras fueran eternas, el resultado valía la pena. Muchos de estos edificios medievales siguen en pie, con una solidez que ya quisiéramos ver en algunos de nuestros proyectos actuales. Quizá deberíamos haber prestado más atención a sus métodos de construcción, porque si algo sabían hacer los medievales era construir cosas para que duraran... o al menos hasta que llegara algún enemigo a arrasarlo todo, pero esa ya es otra historia.
