Hablar de la sanidad en España es como contar una historia que comienza en blanco y negro y termina en alta definición, con muchos giros de trama en el camino. En el pasado, cuando uno se ponía malo, las opciones no eran muchas: te curabas o no. No había grandes hospitales ni servicios especializados; en su lugar, encontrabas a curanderos que te recomendaban infusiones de hierbas o tratamientos que, en la actualidad, causarían espanto. Si tenías suerte, vivías cerca de algún convento donde las monjas se encargaban de las dolencias con más fervor que conocimientos médicos.
Antes del siglo XX, la atención sanitaria estaba fragmentada. Las élites, claro, tenían médicos privados que les atendían en la comodidad de sus hogares. Los demás, los que no contaban con esa suerte, recurrían a hospitales caritativos o simplemente confiaban en que sus cuerpos superaran la enfermedad con algo de ayuda de la naturaleza. Las epidemias diezmaban poblaciones enteras, y la esperanza de vida era baja, no solo por la falta de conocimientos, sino también por la escasez de higiene.
Todo empezó a cambiar con la llegada de la industrialización y, sobre todo, con la creación de los primeros sistemas de seguridad social en el siglo XX. Aunque la atención médica era básica, se reconoció que un país moderno no podía prosperar si su población seguía sucumbiendo a enfermedades que en otros lugares ya se habían erradicado o al menos controlado. En los años 40, con la creación del Seguro Obligatorio de Enfermedad (SOE), nació lo que podríamos llamar la semilla de la sanidad pública moderna en España. Pero, como todo en este país, las cosas avanzaban a paso de tortuga.
El acceso a la sanidad se fue democratizando poco a poco, pero las diferencias entre las zonas urbanas y rurales eran evidentes. Si vivías en Madrid o Barcelona, es probable que tuvieras acceso a una consulta médica decente, pero si residías en algún pueblo perdido de La Mancha, tus probabilidades de recibir atención médica especializada eran tan remotas como que encontraran vida en Marte. Era una época de transición, de avances en la medicina, pero también de desigualdades brutales.
