Hablar de la educación en España es como abrir un baúl lleno de recuerdos, polvo y alguna que otra nostalgia. Nos remontamos a tiempos donde los maestros eran auténticas figuras de autoridad, dignos de un respeto casi monástico. En los años 50 y 60, las aulas eran lo que hoy llamaríamos "minimalistas", aunque sin ninguna pretensión estética: mesas de madera, una pizarra verde y tiza, y un maestro que lo mismo te enseñaba matemáticas que te metía el catecismo.
La escuela pública era el gran bastión de la educación básica, aunque para las élites siempre existieron los colegios de pago, donde los niños no solo aprendían a leer y escribir, sino también a bailar vals y usar correctamente los cubiertos. Y si bien el modelo educativo parecía rígido, a nadie le sorprendía que un profesor utilizara la regla no solo para medir, sino también para disciplinar. Era una época donde se premiaba la memorización por encima de la comprensión; lo importante no era que entendieras por qué la tierra es redonda, sino que fueras capaz de decirlo sin titubear.
Eso sí, había una gran ironía en todo esto: aunque el sistema educativo promovía la obediencia y el respeto, al final todos sabíamos que el maestro del barrio estaba más cerca de ser un dictadorzuelo de patio que un educador de mente abierta. Eran los años en los que el fracaso escolar no existía porque "si no aprobabas, era culpa tuya". Y si suspendías, lo mejor era prepararte para un sermón en casa que haría que las cinco horas de matemáticas parecieran un paseo por el parque.
