Una de las críticas recurrentes a la Iglesia Católica es la percepción de que se ha convertido en una institución de poder más preocupada por su preservación y expansión que por ser una comunidad de fe al servicio de los más vulnerables. Desde el centralismo vaticano hasta el tratamiento desigual de los laicos y religiosos, la estructura jerárquica de la Iglesia a menudo parece estar en contradicción con el ideal evangélico de servicio y humildad.
La Iglesia como Potencia Temporal: A lo largo de la historia, la Iglesia ha actuado no solo como autoridad religiosa, sino también como poder político y económico. El Poder Temporal de los Papas, que se mantuvo hasta el siglo XIX, permitió a la Iglesia ejercer una influencia considerable en la política europea. Aunque la pérdida de los Estados Pontificios marcó el fin de esta etapa, la Curia Romana sigue operando como un sistema de gobierno con estructuras burocráticas y una dinámica interna a menudo más política que espiritual.
El Problema de la Autocracia en la Iglesia: Aunque la Iglesia enseña que la autoridad es un servicio, en muchos casos ha funcionado como un sistema autocrático. Los laicos, en particular, han sido tradicionalmente excluidos de los procesos de toma de decisiones, lo que ha llevado a una percepción de la Iglesia como una institución autoritaria y paternalista. El Papa Francisco ha promovido un proceso de descentralización y de sinodalidad, pero el camino hacia una Iglesia más inclusiva y participativa sigue siendo largo.
El Celibato y la Concentración del Poder en el Clero: La Iglesia Latina mantiene la práctica del celibato obligatorio para los sacerdotes, lo que ha llevado a una concentración del poder religioso y la autoridad exclusivamente en los varones célibes. Esto ha creado un abismo entre el clero y los laicos y ha generado una cultura de exclusividad que margina a las mujeres y dificulta una auténtica corresponsabilidad en la vida eclesial.

