Hoy, día de Reyes. Lo que une al cristianismo, el islam y el judaísmo.

Hoy, día de Reyes, conviene recordar algo incómodo para algunos y esencial para cualquiera que piense con calma: estas tres religiones no nacen separadas; se separan después. Antes de las fronteras, de los dogmas y de las guerras, hay un tronco común. Y es sólido.
Las tres parten de una afirmación radical: Dios es uno. No es una metáfora ni una abstracción filosófica. Es creador, juez y misericordioso. El judaísmo lo proclama en el Shemá: “El Señor es uno” (Deuteronomio 6:4). El cristianismo lo reafirma al citar literalmente ese mismo texto (Marcos 12:29). El islam lo lleva al extremo de la pureza teológica con el tawḥīd: “Él es Dios, Uno” (Corán 112:1). Tres lenguajes distintos para una misma intuición: la realidad no es caótica, tiene centro.
Ese centro se encarna en una figura compartida: Abraham. No como personaje folclórico, sino como modelo humano. En el Génesis (12, 15 y 17), Abraham es el hombre que confía y camina sin garantías. Pablo lo usa como ejemplo de fe antes de cualquier ley (Romanos 4). El Corán lo define como ḥanīf, monoteísta puro, no adscrito a tribus ni a ídolos (Corán 3:67). Abraham une porque cree antes de entender. Y obedece antes de dominar.
Las tres religiones coinciden también en algo decisivo: Dios habla. No es un dios distante. Se revela. En el judaísmo, la Torá es palabra viva entregada en la historia (Éxodo 19–20). En el cristianismo, esa revelación se reconoce como progresiva y coherente, culminando en un mensaje de encarnación y responsabilidad (Hebreos 1:1–2). En el islam, el Corán es guía clara para quien quiere vivir con rectitud (Corán 2:2). Distintas formas, misma convicción: la historia tiene dirección moral.
Esa dirección se expresa a través de profetas compartidos. Moisés, Noé, David, Jonás no pertenecen a una sola tradición. Son patrimonio común. Moisés libera y legisla (Éxodo 3 y 20; Corán 20). Noé advierte, resiste y sobrevive (Génesis 6–9; Corán 11). David gobierna bajo juicio moral (2 Samuel 7; Corán 38). Jonás huye del encargo y aprende misericordia (Libro de Jonás; Corán 37). El mensaje es constante: el poder sin ética no viene de Dios.
Donde la coincidencia es más incómoda —y más clara— es en la ética. Las tres religiones dicen lo mismo, sin rodeos: la fe sin justicia es mentira. “Amarás a tu prójimo” (Levítico 19:18). “Por sus frutos los conoceréis” (Mateo 7:16). “Dios ordena la justicia y el bien” (Corán 16:90). No hay escapatoria teológica: el pobre, el huérfano, la viuda y el extranjero son el termómetro de la fe. No los credos.
También comparten las disciplinas que bajan al ego del pedestal: oración, ayuno y caridad. El judaísmo las vive como alianza diaria. El cristianismo insiste en hacerlas sin espectáculo (Mateo 6). El islam las estructura como pilares (Corán 2:43; 2:183). Tres religiones, una misma pedagogía: si no dominas el yo, el yo te domina.
En las tres hay ley. Y aquí conviene precisión. No como cárcel, sino como camino. La Torá ordena la vida para que no se devore a sí misma. El cristianismo relee la ley desde la responsabilidad interior (“no basta con no matar”, Mateo 5). El islam articula la vida cotidiana como obediencia consciente (Corán 5:48). El mensaje es común: la libertad sin criterio se convierte en violencia.
Comparten además la idea de arrepentimiento real. No cosmético. Teshuvá en el judaísmo (Ezequiel 18). Conversión en el cristianismo (Lucas 15). Tawba en el islam (Corán 39:53). Volver. Rectificar. Cambiar de dirección. Dios no se impresiona con excusas; responde al movimiento honesto.
Incluso la visión del mal es similar. Hay tentación, hay caída, hay combate interior. No es un cuento infantil. Es antropología dura. Génesis 4:7, Mateo 4, Corán 114 dicen lo mismo con palabras distintas: el mal no es externo; se negocia dentro.
Y las tres miran más allá del presente. Hablan de juicio y responsabilidad final. Daniel 12, Mateo 25, Corán 99 coinciden en una idea incómoda para el cinismo moderno: la historia no se cierra en el éxito inmediato. Hay balance. Hay verdad. Hay consecuencia.
En resumen, lo que une al cristianismo, al islam y al judaísmo no es superficial. Es estructural. Comparten Dios, raíz, profetas, ética, disciplina y horizonte. Se separan en interpretaciones, mediaciones y relatos históricos. Pero el núcleo es el mismo.
Quizá el problema no sea que sean distintas, sino que hemos olvidado lo que comparten. ¿Estamos dispuestos a recordarlo sin miedo?