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Dios existe y lo sabes

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Dios existe y lo sabes

“Dios existe y lo sabes” es una sentencia que atraviesa cualquier debate religioso o filosófico como un puñal. No se trata de una pregunta ni de una duda: es una afirmación que busca golpear la conciencia del lector. La frase conecta con lo más íntimo del ser humano: la certeza silenciosa, aunque no confesada, de que la vida no puede reducirse al azar ciego.

Aquí entra en juego el famoso dilema planteado por Blaise Pascal en el siglo XVII. Su razonamiento es brutalmente sencillo: aunque no tengamos pruebas absolutas de la existencia de Dios, actuar como si existiera siempre resulta más ventajoso que lo contrario. Y en esa paradoja matemática y espiritual encontramos la fuerza que sostiene la frase: “Dios existe y lo sabes”.


El dilema de Pascal

La apuesta de Pascal puede resumirse así:

  1. Si Dios existe y crees en Él → ganas la eternidad.
  2. Si Dios existe y no crees en Él → lo pierdes todo.
  3. Si Dios no existe y crees en Él → no ganas ni pierdes demasiado.
  4. Si Dios no existe y no crees en Él → no ganas ni pierdes demasiado.

El cálculo de Pascal convierte la fe en una apuesta racional: la posibilidad de una ganancia infinita (vida eterna) frente a una pérdida finita (vivir con fe, aun cuando sea falsa). En términos probabilísticos, cualquier mínimo porcentaje de que Dios exista convierte la creencia en la mejor jugada posible.

La genialidad de Pascal no está en demostrar a Dios, sino en dejar al descubierto la fragilidad del escepticismo.


“Lo sabes”, aunque lo niegues

La frase “Dios existe y lo sabes” no se dirige al creyente, sino al que duda o al que niega. Porque, como advierte Pascal, en lo más profundo de la conciencia hay un eco que no se apaga: la sospecha de que la vida no es solo materia, que la muerte no es final, que la justicia que aquí se nos niega debe cumplirse en otra parte.

Incluso el ateo más convencido actúa muchas veces como si hubiera un orden superior: busca sentido, persigue la justicia, se indigna ante la injusticia, habla de bien y de mal como si no fueran meras construcciones culturales. En cada uno de esos gestos late la contradicción: negar a Dios, pero vivir como si existiera.

Por eso el “lo sabes” es demoledor: no apunta a la mente racional, sino al corazón que late en secreto.


La rebeldía de negar

Negar a Dios también es un acto de fe. Fe en que todo es azar, fe en que nada tiene propósito, fe en que la conciencia humana es una chispa fugaz sin destino eterno. Pascal lo sabía: la negación no libera, solo invierte la apuesta. El incrédulo juega su vida entera en contra de una posibilidad que no puede descartar del todo.

Y ahí está la trampa: el que se burla de la fe sigue jugando en el tablero de Pascal, aunque lo niegue. El dilema funciona incluso en contra de quien lo desprecia.


Dios como espejo de libertad

Aceptar el dilema de Pascal no significa resignarse a una fe ciega. Significa reconocer que el hombre está condenado a apostar. No existe la neutralidad. El que dice “no creo en nada” ya ha apostado.

“Dios existe y lo sabes” es una invitación a asumir esa libertad con honestidad. O juegas con Él, o juegas contra Él, pero juegas. Y el coste de la apuesta nunca es neutral: puede ser la eternidad.


La jugada inevitable

Pascal, matemático y filósofo, nos dejó una verdad incómoda: no creer en Dios no es más racional que creer. Ambos caminos exigen una apuesta. La diferencia está en el riesgo: el que cree puede equivocarse sin gran pérdida; el que no cree puede perderlo todo.

Por eso, cuando escuchas o lees la frase “Dios existe y lo sabes”, no la ignores como una provocación. Es el recordatorio de que, más allá de la lógica y la ciencia, hay una certeza que vibra en lo profundo: la vida pide sentido, y tarde o temprano todos apostamos por él.

La pregunta no es si juegas.
La pregunta es: ¿en qué lado de la apuesta estás?

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